#ESVIOLENTO Maltratar en público.

Gran parte del tiempo, él gritaba. Hablaba fuerte por su herencia italiana, decía siempre, lo cual “no significaba que estuviese enojado o reprendiéndome”.

A mí me afectaban estos gritos, sobretodo cuando los desplegaba en público. Ahí no tenía ningún filtro.

No le importaba tirar puteadas e incluso levantarme la voz en calles, restaurantes, o donde fuera. Su argumento era siempre el mismo: “¿Y qué importa la gente?”, “¿Te importa tanto el qué dirán?”.

La verdad es que jamás me ha importado la opinión ajena, pero distinto es el ventilar problemas en público, descargar indiscriminadamente rachas de mal humor en otros (en mí la mayor parte del tiempo) o verme reprendida por algo que dije o hice, delante de gente; como una niña que debe ser disciplinada, en el acto, por su error o mala acción.

Todo esto en él, era recurrente.

Recuerdo una vez que, salimos a comer con mis hermanos y no encontrábamos lugar abierto. Era tanta su hambre que simplemente se enojó. Empezó a subir la voz y reclamar que “como era posible tanto restaurante cerrado”. No importaba el hecho que estuvieran mis hermanos y que estos, de a poco, se fueran incomodando. Menos relevante era el que yo estuviese ahí, tratando de calmarlo. Su hambre era más importante.

Otra vez, fuimos los dos a comer. Todo iba muy bien, hasta que de pronto y ya no recuerdo porqué razón, empezamos a discutir. La cosa se acaloró mucho. Tuvimos que pedir la cuenta y salir del lugar. En la esquina y en plena calle empezó a gritarme, mucho más que otras veces.

Le pedí por favor que se callara, que estábamos en la calle. De nuevo sacó el argumento: “¿Qué me importa?”, “¡¡Tanto te importa la gente, por la mierda!!”. Fueron tantos sus gritos, que simplemente me fui y caminé sola hacia mi casa. Cuando llevaba una cuadra caminando ya más tranquila, repentinamente y sin advertirlo, aparece a mi lado.

Me interceptó enfurecido y continuó gritándome fuertemente, esta vez, porque lo dejé hablando solo. “¿Que te has creído de venir a dejarme solo, y gritando más encima?” Aparentemente, solo debía callar y quedarme a su lado. Aguantar que me descargara toda su molestia restante, como si fuera un receptáculo de ira y recriminación. Su rabia, era más importante.

Me gritó durante todo el camino de vuelta a la casa. Le sugerí que mejor se fuera a quedar donde un amigo, si estaba tan molesto. Empezó a victimizarse diciendo que no tenía a donde ir; que poco menos lo estaba echando a la calle. Llegué a solo desplomarme en mi cama; no quería saber más de él. Al menos hasta el día siguiente en que lidiaríamos con otro intento de reconciliación y mea culpa. Los pocos que nos iban quedando.Habíamos tenido una de las peleas más fuertes de toda nuestra relación y lo peor de todo es que ni siquiera recuerdo qué la ocasionó.

Habíamos tenido una de las peleas más fuertes de toda nuestra relación y lo peor de todo es que ni siquiera recuerdo qué la ocasionó.

Cuando estaba ebrio, su desatino se exacerbaba. Era en estas ocasiones cuando, además de gritar, tenía una fijación con agarrarme el trasero en público. Según él, estaba bien ya que “era parte de la relación”. Significaba que me deseaba y además “era su derecho” por ser yo su pareja. Insistía en lo del “derecho” cada vez que trataba de pararlo.

Incluso dentro de la profunda negación/justificación con que enfrentaba mi vida en pareja, esto me parecía sumamente incómodo e irrespetuoso. Me hacía sentir finalmente como “algo” de su propiedad.

Le dije muchas veces que no lo hiciera. Él insistía y me daba aquel mismo argumento una y otra vez. Con alcohol, su respuesta a la negativa, era aún más prepotente por lo que mi única defensa era una rápida huida para ir al baño, del cual no salía en mucho rato.

Esto podría haberse entendido como un juego de parejas; una dinámica propia de la atracción. Pero nunca lo sentí como una “travesura”, sino como una forma de marcar territorio. Como decirle a todo el mundo “ ella es mía”.

En un bar, una vez, me sentí tan mal con esto que me empezó a doler fuertemente el estómago. Le dije que necesitaba irme ya que no soportaba el dolor.

No dejó de tocarme el trasero hasta que salimos del local, mientras me decía al oído: “Estoy caliente, quiero follarte cuando lleguemos a la casa”. Su calentura, era más importante.

No le importaban los lugares…las personas…ni los momentos.

Tampoco importaba yo…

#ESVIOLENTO. Palabras que fulminan.

*Si tienes un relato que se relacione con violencia psicológica/ verbal, gaslighting, menoscabo, bullying o cualquier tipo de agresión, dentro de una relación de pareja, que afecte tu autoestima y salud mental escríbenos a esviolento@gmail.com contándonos a grandes rasgos lo que te ocurrió, tu reflexión al respecto etc. Lo transformaremos en una historia que será publicada en este blog. Si te gusta escribir y tienes una historia ya hecha, sobre estas mismas temáticas, también puedes mandarla para ser publicada en este blog =)

#ESVIOLENTO Limitar y no respetar los espacios

El espacio que compartíamos en mi departamento, cuando se quedaba, era un tanto estrecho. Los 2 ambientes que habitaba, difícilmente eran funcionales para más de una persona. Considerando lo frágil de su humor y lo poco prolijo de mi orden, no podían existir más condiciones para desatar el caos en cualquier momento.

Logramos sobrevivir a estos factores varias veces con distracciones como ver películas o estar cada uno en su propio computador revisando Internet. Pero al yo tener tantas cosas en un espacio pequeño donde además de vivir, trabajaba, era cuestión de tiempo para que algo sucediera.

Fue así como se cayeron cosas, rompieron otras, algunas sufrieron accidentes, como un computador al cual le cayó una copa de vino, entre varias situaciones similares, ocasionadas solo por él. Por cada vez que causaba algún desmán en mi departamento, la culpa era siempre mía.

Si él pasaba a llevar algún objeto y lo botaba era porque yo lo había puesto ahí en primer lugar. Si rompía algo era porque mi departamento “no estaba acondicionado” para que él estuviera ahí, por lo tanto, también era mi culpa.

Así se fueron estropeando progresivamente varios objetos. “Tú sabes que yo soy torpe y se me caen las cosas” decía siempre para justificarse, razón por la cual debía ser extremadamente cuidadosa con mi entorno para no dejar que eso pasara sino, por supuesto, sería mi culpa. Debía hacerme cargo de su torpeza y aceptar que cualquier cosa pudiese pasar debido a esto.

Nunca estaba tranquila en realidad, mientras él estaba aquí.

En algún momento comencé a temer que dañara irreparablemente muchas cosas de valor o elementos que utilizaba para trabajar. Guardaba, por miedo, muchos de esos elementos cuando venía a visitarme.

Con el paso del tiempo era tanto lo que “accidentalmente” pasaba a llevar, que llegué a pensar si acaso lo estaba haciendo a propósito. Que de pronto, había encontrado en esto una dinámica de enjuiciamiento constante; que ya era fácil echar a perder algo solo por el gusto de culpabilizarme por ello. Una manera muy efectiva de hacerme sentir incómoda en mi propio espacio y, a la vez, obligarme a asumir la responsabilidad de sus propios daños.

Pero lo contrario sucedía cuando estábamos en su casa y se trataba de sus cosas. Yo no podía culparlo por algún descuido mío, hacia algo de su propiedad. Él era ordenado. En su departamento todo estaba en el lugar que correspondía, por lo que “ese tipo de cosas, no van a suceder”, solía decir. Yo debía ceñirme a ese orden y además, cuidar de no alterarlo de ninguna manera. Si lo hacía, era severamente reprendida como una niña.

Su orden era tal que ni siquiera podía poner mis zapatos en cualquier parte. La vez que lo hice, en modo descanso y querer acostarme rápido, recibí una de sus constantes “llamadas de atención”. Me obligó a pararme y poner los zapatos en el lugar específicamente asignado para ello.

Una vez, por accidente, casi rompo uno de sus cientos artículos de colección que su manía había mantenido en un estado casi inmaculado, durante años. Mientras transpiraba y casi lloraba por sus posibles represalias, logré repararlo antes que se diera cuenta.

Al rato, me sorprendí de esta reacción que bordeaba casi en el pánico. Pude sentir la carga. El arrastrar culpas que se iban sumando unas a otras, muchas de las cuales ni siquiera eran mías. Ese día, logré reconocer que vivía en constante estado de alerta. De tensión.

Si no estaba tranquila cuando venía a mi casa, tampoco lo estaba en la suya y esto se extrapolaba a casi toda mi existencia con él. Había desarrollado un miedo constante a fallar; a provocar situaciones que lo hicieran enojar y con ello, recibir regaños….recriminaciones.

Me había acostumbrado a vivir en una cuerda floja delgada y quebradiza. A intentar mantener un equilibrio que solo existía en mi mente y en su construcción antojadiza de la realidad. De a poco y con pequeñas acciones fue creando un universo de reglas establecidas solo por él, que yo debía cumplir a cabalidad si no, además del regaño habitual, era también catalogada como “mala persona”.

Mala persona por ser desordenada. Por dejar cosas al alcance que él pudiese quebrar. Por desordenar su casa. Y finalmente, solo por ser…..por estar…..por cualquier cosa.

Bastó reparar su objeto a escondidas para advertir, por primera vez, la distorsión que me había creado.

Cuánto, yo misma, debía repararme…

#ESVIOLENTO, Palabras que fulminan.

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#ESVIOLENTO: “Chilenita”

Fui seriamente cuestionada, en una de mis relaciones, por cómo hablaba. Según él, que para cuando lo conocí venía llegando de vivir muchos años en Europa, era yo “muy chilenita para hablar”, es decir, con demasiados modismos y expresiones locales. Algo inaceptable ante sus estándares europeos y que debía cambiar de inmediato, a modo de perfeccionamiento personal.

De a poco me vi reprendida a diario por hablar como, de seguro, lo había hecho por décadas. No podía decir modismos chilenos clásicos como “wena”, “cachay”, “loco”, “la dura” e incluso muchos garabatos estaban fuera, excepto por los más comunes y menos ofensivos.

Debía cuidar lo que decía todo el tiempo, sino me enfrentaba, primero, a que me “imitara”, repitiendo en forma exagerada y despectiva lo que había dicho, para luego ser increpada levantando la voz y armando una pelea. Debía hablar correctamente, sin modismos, casi en “español neutro” para poder estar con él y evitar con ello, una discusión donde él siempre tenía la razón y yo estaba profundamente equivocada.

Cuando me veía saturada con esto y molesta por no poder hablar con libertad, simplemente respondía: “¡Basta!”. “¿Cómo que basta?” contestaba él en seguida, acompañado de gritos, recriminación por varios minutos y la culpa posterior que sentía cada vez que llegábamos a este punto.

¿Porque dije eso? Me cuestionaba. “Pude haber escogido otras palabras”. De alguna forma yo siempre tenía la culpa de cualquier cosa y esto no era más que otra de mis “imprudencias” generadoras de remordimiento, ante su mala reacción.

Me transformé, de a poco, en un ser “perfectible”. Alguien que debía ser sometida a una suerte de refinamiento y corrección de todos los aspectos de su personalidad, gustos y preferencias, para poder estar con él. A juzgar por sus constantes quejas, la vida que había construido hasta entonces, estaba llena de fallas e inconsistencias que él había venido a corregir y mejorar.

En situaciones sociales tampoco podía hablar con modismos. Era reprendida al instante, delante de los presentes, o bien, esperaba llegar a casa para recriminar “mi comportamiento” durante la velada y lo “chilenita” que, de pronto, me había puesto. “Hablas como flaite (ordinaria) con tus amigos” era su frase recurrente. Y de nuevo azotaba la culpa, junto a la revisión mental de hechos que pude manejar de mejor manera.

Me ví escogiendo cada palabra. Pensando exhaustivamente antes de decir algo. Buscando expresarme de la mejor manera posible con él, para luego salir sola con amistades y hacer todo lo contrario.

Comencé a llevar una “doble vida lingüística” por así decirlo, que no tardó en mutar hacia una doble vida total.

La “chilenita”, lentamente  y a escondidas, comenzó a emanciparse…

#ESVIOLENTO. Palabras que fulminan.

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#ESVIOLENTO el control sobre Vestuario y Peinado.

Según el criterio de mi ex pareja y dicho literalmente en varias oportunidades “yo no tenía estilo”. Ante esto entonces, él debía intervenir, como hombre poseedor de gran sentido estético (así lo planteó muchas veces), para guiarme en esta búsqueda de lo que carecía.

Aquí debí poner un alto, lo sé. Decirle que eso lo decidía yo. Pero cada vez que estaba cerca de mencionarlo, se tornaba agresivo; gritaba y se enojaba como un niño. Para evitar esta escena constante, accedí muchas veces a que fuera de compras conmigo y me eligiera la ropa.
En aquellas ocasiones, él actuaba como un verdadero experto. Hablaba con las vendedoras, buscaba tallas, modelos. Decía fuerte y claro cuando algo me quedaba mal delante de toda la tienda, provocando más de alguna carcajada entre los presentes.

Cuando algo finalmente me quedaba bien, según sus parámetros, estos dichos cambiaban a “llegaré a la casa a follarte, de lo bien que te queda eso” entre otras frases poco discretas, que se encargaba de evidenciar en público con gesticulaciones sexuales muy obvias.

Las veces que iba sola de compras, cuando elegía algo, siempre pensaba en si él lo aprobaría o no. Varias compras las hice bajo ese criterio. Muchas veces compré cosas que no le gustaron y me decía que eran simplemente “feas”, me quedaban mal y por sobretodo, no lucían mi “enorme trasero”, que era, para él, mi mejor atributo.
Para evitar discusiones, accedí a vestirme de la forma que él esperaba, con vestuarios que él elegía y que, a veces, ni siquiera me gustaban del todo. Pero el permitirlos implicaba conservar la armonía en la relación. Básicamente,  impedía una oleada de ira y recriminación posterior.

Luego vino el peinado. Siempre me peiné de la misma forma, desde mucho antes de conocerlo: Pelo tomado hacia un lado y el otro suelto. Él simplemente lo odiaba. Detestaba que me peinara así y no luciera mi pelo en forma “wild” como lo llamaba, es decir, con volumen y cierto guiño Hard Rock/Glam, que era su predilección y forma de vestir diaria. Deteniéndome un poco en este detalle, creo que simplemente quería convertirme en una mujer estilo Hard Rock/Glam ochentero que calzara sus expectativas y gustos. Quitarme mi propio peinado era entonces, una de las formas de ir barriendo con mi estilo e individualidad, para convertirme en alguien a su imagen y semejanza.

Afortunadamente nunca me gustó ese estilo, por lo que difícilmente iba a adherir a ello de forma radical y completa. Pero en muchas oportunidades accedí a que me “arreglara”, una pésima decisión que incluso terminó en que un día, me cortara el pelo, con mi consentimiento, para hacerle más capas y una chasquilla/flequillo (insistía en que la chasquilla o flequillo hace ver más jóvenes a las mujeres, por lo tanto yo debía usarla). La ocurrencia terminó en desastre; mi pelo cortado en cualquier dirección, él sintiéndose culpable y pagando una ida a la peluquería para que arreglaran el estrago que dejó.

Durante nuestros encuentros, el solo hecho de llevar mi peinado era motivo de discusión, con despliegues suyos de mal carácter y también menoscabo al decirme lo “poco atractiva” que me veía. Poco a poco mi peinado fue desapareciendo. Su existencia se remitía a las veces en que salía sola. Incluso estando sola, llegué a pensar que efectivamente me veía mal con el.

Lo demonicé hasta sacarlo de mi vida definitivamente.

El día que siguió a la ruptura, procedí al cliché de botar cosas, guardar otras. De pronto en el frenesí de intentar desechar 5 años en un par de horas, me mire fijamente en el espejo del baño. Agarré un cepillo y me peiné como siempre lo hice antes. Como nunca debí dejar de hacerlo.

Me miré de nuevo y con los ojos llenos de lágrimas, abracé de vuelta mi individualidad.

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#ESVIOLENTO el menoscabo físico

Mi primera puerta a la dimensión de violencia psicológica, que me acompañó casi los 5 años que duró una de mis relaciones, apareció una vez que ambos asistimos a un show en vivo en un bar. Estaba muy delgada en ese momento, producto de una vida sin alcohol que mantuve por 4 años y harto ejercicio.

Nos pusimos a ver la banda y él, detrás mío, puso sus brazos alrededor de mi cintura. Pasó un rato y mientras veía el show de pronto siento que me pellizca a la altura del abdomen. Literalmente me agarró lo que podía sobrar de piel en mi abdomen, lo apretó y estiró como insinuando que eso sobraba en mi cuerpo. Me paralicé. Recuerdo haberle dicho algo como ¿que onda?, pero se hizo el desentendido, aludiendo a no escuchar por todo el ruido del ambiente.

Estaba de muy buen humor esa noche, algo raro en él. No quería arruinarlo. Pero bastó ese “gesto” para haberme destrozado el momento y llenarme de cuestionamientos. Nunca lo exterioricé; jamás mencioné nada al respecto. Pero algo ocurrió en mí, a partir de ese gesto, que aún no logro entender bien.

Además de empezar a cuestionarme si realmente estaba delgada o no, progresivamente comencé a engordar. Antes de siquiera empezar a subir de peso, yo ya me iba sintiendo cada vez más gorda, pero eso en vez de hacerme querer adelgazar, de alguna manera provocó el efecto contrario.

En los meses que siguieron a esa noche, mi cuerpo ya no era el mismo; o al menos yo ya no lo sentía igual. Fui subiendo gradualmente de peso y a medida que esto pasaba, ya no era solo el pedazo de piel que sobraba del abdomen.
Mi cara de pronto comenzó a estar muy inflada. Él no demoró en hacérmelo saber: “Mira esos mofletines” me decía con una voz casi tierna, pellizcandome la cara y dándome besos en las mejillas. Quizás suena a chiste o broma clásica entre parejas, pero llegó un punto en que solo me llamaba por “mofletines”, no por mi nombre. Como queriendo establecer que el “defecto” aquel, sobresalía a mi persona.

Si bien, esto yo lo aceptaba y me reía con él como siguiendo el juego, cada vez que lo decía me hacía sentir peor y peor con mi apariencia, algo de lo que no estaba totalmente consciente. Llegué al punto de vestirme con cualquier cosa que pudiese ocultar mi cuerpo. Durante ese tiempo ni siquiera me miraba mucho al espejo, ya que solo veía mi cara redonda y los defectos que la circundaban.

Esto afectó varias aristas de la relación, pero sobretodo el cómo me veía a mí misma. Mi autoimagen se distorsionó. Nada de lo que veía en el espejo estaba pasando realmente. Era la idea que él había instalado en mi mente y que se agudizaba por los sentimientos que ya había desarrollado. ¿Cómo alguien que me decía ”te amo”, iba a estar mintiendo o hiriéndome de alguna forma?

Años luego de terminada la relación, me encontré con una foto. Era una foto de celular de aquella noche en ese Bar. Me sorprendí al ver lo delgada que estaba. Incluso mi cara lucía delgada, angulosa, podía ver mis pómulos.

Fue duro entender que, durante los años siguientes de relación luego de esa noche, nunca me volví a ver cómo en esa foto….

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#ESVIOLENTO: El comienzo

Mucho tiempo dudé en hacer esto. Si valía la pena luego de tantos años y el que hoy sea una persona tan distinta a la que algunos de estos relatos describen. No sé, a la vez, qué tan diferentes puedan ser estos de las muchas historias que he leído el último año, sobre violencia sicológica/verbal en las relaciones. Creo que esa misma razón fue la que me motivó a escribir esto. El entender que mucho de lo que leí me había pasado y que, además, los hechos constituían un triste patrón.

No termino de entender que lleva a dos personas, que se unen por un sentimiento en común, a comenzar una horda de violencia desde lo más elemental como la comunicación, hasta llegar a lo físico, ni tampoco de quién es la mayor culpa. Es fácil atribuirlo 100% al hombre porque es, en la mayoría de estos relatos, quien comienza con la violencia verbal, sicológica y en algunos casos también física o sexual.

Callar, aguantar, ceder y complacer es igualmente nocivo, y lo peor de todo, auto flagelante. Como una especie de doble violencia sucediendo simultáneamente. Esta inacción, retraimiento, normalización o como quieran llamarlo no es algo de lo que se esté muy consciente mientras sucede; uno solo intenta apagar el incendio, justificar los hechos, mantener el precario equilibrio y aferrarse a los momentos lindos que, con el correr del tiempo, son cada vez menos.

El despertar de esta situación y empezar a concientizar no solo la violencia vivida sino también, el haberla permitido, es demoledor. El auto cuestionamiento, la racionalización de cada momento en que el maltrato se normalizó; el cómo, el porqué y el lento auto perdón, que tarda pero llega, son algunas de las fases a las que me vi enfrentada, luego de varias relaciones en las que sufrí violencia sicológica. Pero el entender que hubo efectivamente este tipo de violencia, se dio mucho después de terminar estas relaciones. Incluso, en la actualidad,  aún sigo dilucidando hechos.

Es complejo el empezar a tener este discernimiento, sobre todo cuando se ha estado tanto tiempo en una dinámica, donde las cosas se dieron de manera gradual y silenciosa.

Pequeñas cosas en un principio, críticas sutiles, comentarios bien cuidados que hacen dudar si acaso uno leyó mal el mensaje. Luego una segunda fase más profunda, como hacer cambios en el estilo de vida, look, amistades etc, a partir de sus comentarios y críticas constantes.

Con este espacio mi intención es, en primer lugar, poder compartir este discernimiento. Este despertar que hoy me ha permitido ver e identificar parte de lo que me ocurrió. A través de historias personales, así como de otras personas que vivieron esta situación, quiero puntualizar instancias en que la violencia psicológica/verbal fue elemento común.

Mi segunda finalidad con estos relatos, es el poder de alguna manera, visibilizar instancias de maltrato, violencia verbal/psicológica, gaslighting entre otras, que contribuyan a ese lento despertar en una relación de estas características. Una que va atentando, progresivamente, contra la propia esencia de la persona.

Aún no le tomamos el peso real, al uso de las palabras. El cómo éstas, más allá de slogans metafísicos y de auto ayuda, sí crean nuestra realidad. De no ser así, no escribiría un blog sobre las consecuencias de un mal uso de palabra prolongado y destructivo.

Quiero creer que en el futuro, todo tipo de maltrato va a ser visto como un comportamiento básico de otros tiempos, así como hoy vemos entre risa y espanto, la publicidad de los años 50´s, que perfilaba a la mujer  como una “buena dueña de casa”.

Pienso firmemente que estamos en medio de esa transición. En medio de un proceso histórico irreversible, protagonizado por mujeres cada vez menos temerosas de contar y evidenciar situaciones que en un pasado significaban vergüenza, pudor o el hacer como que nunca pasaron.

Mientras este cambio se desarrolla,  la acción debe partir por uno.

Bienvenid@S a #ESVIOLENTO. Palabras que fulminan.

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